‘Cirlot. Ser y no ser de un poeta único’ nos acerca a la fascinante personalidad de un autor de culto

‘Cirlot. Ser y no ser de un poeta único’ nos acerca a la fascinante personalidad de un autor de culto

Se presenta la obra de Antonio Rivero Taravillo ganadora del Premio de Biografías Antonio Domínguez Ortiz 2016

 

El Premio Antonio Domínguez Ortiz de Biografías 2016, que conceden la Fundación Cajasol y la Fundación José Manuel Lara, devuelve a la actualidad a un personaje desconocido para el gran público, como fue Juan Eduardo Cirlot.  Coincidiendo con el centenario de su nacimiento, esta biografía es un esmerado trabajo de Antonio Rivero Taravillo, que se acerca a la vida y obra de una de las figuras más singulares de la literatura española, un auténtico poeta de culto. Sin eludir ninguna faceta, del simbolismo a la crítica de arte, de la música a la pasión por las armas antiguas, el libro ilumina los distintos perfiles de una personalidad tan enigmática como fascinante. El libro, que se presenta ante los medios de comunicación la semana próxima, fue extraordinariamente valorado por el jurado de este premio, compuesto por Nativel Preciado, Antonio Cáceres, Jacobo Cortines, Alberto González Troyano, Ignacio Fernández Garmendia, Joaquín Pérez Azaústre y Rafael Valencia:  “Se trata de un ensayo biográfico y crítico de redacción fluida y bien documentada, que arroja luz sobre la personalidad heterodoxa de Juan Eduardo Cirlot, tanto de su perfil humano como de las intenciones y el sentido de su obra visionaria”.

– ¿Cuánto tiempo le ha llevado este trabajo sobre Juan Eduardo Cirlot?

– Llevo tres décadas trabajando sobre Cirlot, porque en él la lectura es sinónimo de apasionamiento, y este hizo que investigara en sus fuentes y en los mecanismos de su obra y publicara algunos artículos. Hace tiempo comencé una aproximación biográfica que quedó interrumpida. La retomé el pasado septiembre: la redacción del libro me ha ocupado a tiempo completo los últimos meses de 2015, pero se nutre de muchas anotaciones previas.

– ¿Cómo se produce su acercamiento a esta figura? ¿cuál fue el detonante?

– Lo conocí por la antología poética que preparó Clara Janés, con la sugestiva reproducción del cuadro de ‘La dama de Shalott’, de Waterhouse, en la cubierta. Yo traducía el poema de Tennyson por entonces, y su mundo artúrico y onírico era muy cercano al de Cirlot, si no el mismo. Y también, por un número de la mítica revista ‘Poesía’, que reproducía textos del propio Cirlot sobre la película en que aparece el personaje que inspiró su gran ciclo: la Bronwyn de ‘El señor de la guerra’.

– ¿Qué sabemos de él y qué sorpresa podemos llevarnos cuando lo conozcamos mejor a través de su libro?

– De él sabíamos poco, salvo, vagamente, que era un ser muy complejo, de una obra rica y fascinante. En el libro se ven con detalle sus múltiples facetas y se subraya la gran paradoja de que, siendo alguien muy tradicional, fue el más vanguardista de nuestros poetas. A través de muchas cartas espigadas, en su mayor parte inéditas, y de diverso material hasta ahora desconocido por el público, se da una imagen poliédrica de Cirlot, dejando que él se manifieste en su propia voz. La gran sorpresa para muchos será esta pregunta: ¿por qué nos han escamoteado a una figura tan rica, de una obra tan subyugante?

– ¿Qué le hizo convertirse en un autor de culto?

– Su cultivo del mito, el símbolo, lo misterioso. Toca fibras que, adormecidas, él consigue despertar. Por eso hace que el asombro de sus lectores proceda más del reconocimiento que del descubrimiento. A pesar del mundo cada vez más cuadriculado en que vivimos, Cirlot abre un resquicio a la magia. Él es el autor, por ejemplo, de un verso en el que algunos, al sentir el vértigo del otro, de la otra, se verán totalmente identificados: “En mis amores ciegos o videntes”.

– ¿Qué destacaría de su personalidad y de su obra?

– Fue alguien que siempre estuvo torturado por un conflicto insoluble: sentirse extranjero en el mundo, no formar parte del género humano (podría parecer un delirio, pero denota una radical soledad). De ahí, su nihilismo, de estirpe gnóstica, y su linaje de poetas como Blake o Poe. De ahí su insatisfacción y su reacción contra todo. Para escapar necesitó la escritura de poesía como una droga; por eso escribió tanto. Pero también tuvo intereses muy ricos, del esoterismo a la música.

– ¿Falta aún mucho por descubrir de Cirlot? ¿Pueden aparecer todavía obras inéditas, facetas desconocidas?

– Un descubrimiento importante ha sido la novela que había rechazado la censura en 1950, ‘Nebiros’, recientemente recuperada por su hija Victoria. Afortunadamente, ha dado tiempo de incluirla en la biografía, porque de hecho tiene no pocos elementos autobiográficos. Aún hay algunos poemas inéditos. Descubrí varios en la Fundación Carlos Edmundo de Ory porque se los había enviado al que fue su gran amigo, sobre todo, en la segunda mitad de los años cuarenta. Uno de los que hallé, el muy  interesante  ‘Diálogo infinito’, se publicará  en una antología de su poesía  que aparecerá  en el otoño. Un epistolario selecto daría para un volumen estupendo, por los juicios sobre tantos asuntos que emite en sus cartas, muchos de ellos reproducidos en la biografía.

– ¿Sirven las celebraciones de centenarios y las conmemoraciones para recuperar nuestro pasado y a nuestros personajes? Si no es por estos fastos o recuerdos especiales, muchos quedarían en el olvido…

– Sirven de estímulo. Como dije, llevaba años trabajando sobre Cirlot. El centenario de su nacimiento sin duda me empujó a terminar la obra. Lo importante es que, pasada la efeméride, no caiga en el olvido. En su caso, aunque nunca podrá ser un autor de masas, cada vez tiene más lectores entusiastas; en dispersa cofradía hay una escasa y afortunada hueste de hermanos. A él -que se recordaba en la destruida Cartago, en el siglo VIII o en el XI-, la contingencia del tiempo le era ajena. Con todo, creo que tenemos Cirlot para rato.

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