‘Prender con keroseno el pasado’: el Premio de Biografías Antonio Domínguez Ortiz se aproxima a la controvertida figura de Carlos Edmundo de Ory

‘Prender con keroseno el pasado’: el Premio de Biografías Antonio Domínguez Ortiz se aproxima a la controvertida figura de Carlos Edmundo de Ory
Carlos Edmundo de Ory junto a José Manuel Caballero Bonald en un congreso celebrado en Segovia en 1952.

La Fundación Cajasol y la Fundación José Manuel Lara publican este trabajo de investigación de José Manuel García Gil

El Premio Antonio Domínguez Ortiz de Biografías 2018, que conceden la Fundación Cajasol y la Fundación José Manuel Lara, recupera en esta ocasión a una de las grandes figuras de la literatura española contemporánea: Carlos Edmundo de Ory. (1923-2010), una de las personalidades más heterodoxas de la cultura española. Su vida fue una galaxia de biografías: no sólo su obra puede leerse como una biografía, sino que su biografía es la historia de muchas vidas. Basta recordar que para Caballero Bonald, la obra del gaditano “supone un notable ejemplo de vitalidad creadora, de estrategia independiente frente a cualquier precepto de curso legal, defendiendo lo que el ejercicio de la literatura tiene de aventura”. El jurado, compuesto por Nativel Preciado, Antonio Cáceres, Jacobo Cortines, Alberto González Troyano, Ignacio Fernández Garmendia, Joaquín Pérez Azaústre y Rafael Valencia, reconoció el rigor y el ritmo narrativo de este trabajo de José Manuel García Gil que ilumina tanto la original figura de un creador tan excepcional como Ory como el contexto de su época, y que se presenta el miércoles 27 de junio en Cádiz, ciudad que le vio nacer y donde está ubicada la Fundación que lleva el nombre del poeta.

El autor de este libro, José Manuel García Gil, nos desvela algunas de las características de este libro, un complejo trabajo de investigación que comienza su andadura por las librerías.

— Llegó a conocer personalmente a Carlos Edmundo de Ory, ¿cómo recuerdas aquel primer encuentro

— Fue en julio de 1995, cuando acabábamos de estrenar la nueva época de la revista Caleta y llevábamos algunas semanas trasteando con los contenidos de la segunda entrega. Si en el primer número habíamos dedicado una separata a los poemas portugueses de Mercedes Escolano, en el siguiente quisimos hacer algo parecido con Carlos Edmundo de Ory. Con muchas ganas le escribimos a Francia para proponerle la confección de unas páginas en torno a su figura y para vernos en El Escorial, con idea de cimentar nuestra oferta, coincidiendo con una participación suya en uno de los cursos de verano organizados por la Universidad Complutense. Tenía yo casi 30 años y él había cumplido los 72 cuando lo conocí. Recitaba poemas dentro del curso «Aniversarios y Homenajes», que además de homenajear a José Bergamín o a Adriano del Valle, entre otros, celebraba que se cumplían cincuenta años del postismo. De aquella primera ocasión recuerdo su mirada provocadora y su gesto cómplice con la propuesta que le hacíamos. Por la noche, entregados a una suerte de magia, bebimos y recitamos hasta la madrugada alejandrinos improvisados y jugamos sin trampas con estribillos, pasándonos el verso, unos a otros, quienes estábamos en la mesa. Cada vez que cada juego terminaba, ante nuestras narices, proponía otro, pletórico y estimulante. Tanto sintonizamos que incluso hizo una defensa desenfadada de nuestra revista frente a la «muy académica» RevistAtlántica. Esa madrugada me fui a dormir con la certeza de que me lo había ganado para siempre.

— ¿Qué le llamó la atención del autor y su obra? ¿Y de su personaje?

— La figura de este casi desconocido poeta gaditano, con una vida legendaria como fundador de escuelas y expatriado, me tenía, casi tanto como su poesía, fascinado. Ory se me aparecía como un rebelde de lo más llamativo y -me habían confesado sus más cercanos- como un ser caprichoso e ingobernable enemistado con toda clase de convencionalismos. Eso acrecentó mi interés por aquel personaje tan a contracorriente de los escritores que había estudiado y leído. El caso fue que cuando lo conocí ya tenía yo formada una idea previa sobre algún rasgo de su personalidad. Sabía, por lo pronto, que la obra y la vida de Ory iban juntas y que su condición de desarraigado de la oficialidad literaria lo dotaba de un cierto prestigio. Luego, cuando lo traté, no me defraudó en absoluto, antes bien me completaron esa imagen su inocencia, su inteligencia y su capacidad para el disparate. Pero el culto a la figura de Ory en España le hizo daño -tenía fama de loco- y ocultó al ser humano que había detrás del personaje.

— ¿Por qué decide poner en marcha este trabajo de investigación sobre su vida y su obra?

— Hace unos años participé en un encuentro en la Fundación Carlos Edmundo de Ory con una charla sobre su infancia. Ese fue el pistoletazo de salida y lo que me permitió un acercamiento al niño que, si es así en todos nosotros, habitaba de una manera mucho más acusada en el hombre y el escritor gaditano. A partir de ahí quise conocer a Ory mejor, en sus debilidades y fortalezas humanas puestas sobre el tapete de su vida y de su literatura. Empecé a escribir pensando también que mi libro sobre su biografía podría ser una llave y que la gente acabaría queriendo leer más cosas de él.

— ¿Qué papel cree que ha jugado Ory en la poesía española contemporánea?

— No es fácil presentar a Ory ante un hipotético lector español. Tal vez no valga la pena atribuir a nadie en particular la relativa desconsideración con que se ha tratado en España la obra del poeta gaditano, y que ésta se deba solamente a la escualidez generalizada del medio crítico, reflexivo y literario nacional. Ni siquiera en el momento de su muerte dedicaron los telediarios españoles, los boletines de radio, las ediciones digitales de los periódicos grandes espacios a la muerte de un escritor que murió, además, sin un reconocimiento oficial de primer nivel a su trayectoria literaria. Su paso por el mundo y por las letras españolas fue todo, menos amable. Bien es verdad que Ory escribió la mayor parte de su obra encerrado, de espaldas a los premios y festivales literarios, a los aplausos y las veleidades de la fama, de espaldas a sus lectores (escasos o por lo menos no en una cantidad proporcional a su importancia para las letras hispanas) y de espaldas incluso a las grandezas y miserias de la vida cotidiana. No obstante, su participación en la fundación del postismo y el introrrealismo lo sitúan en un lugar destacado de las vanguardias españolas del siglo XX. Si a ello unimos su obra poética, rica y diversa, sus aforismos deslumbrantes, el misterio de sus cuentos y su imprescindible Diario, tenemos una producción que merecería figurar en un lugar más destacado que el que, a día de hoy, ocupa.

— Su obra genera filias y fobias. ¿Cómo debemos acercarnos a ella para que capte nuestra atención? ¿Qué valor cree que hay que darle ahora ya pasados unos años de su desaparición?

— El “malditismo” al que muchos se han referido al acercarse a su figura puede ser fuente de innumerables malentendidos. Para mí, la inclusión de Ory en esa categoría podría estar justificada por su marginación, y la marginación fue consecuencia de su vida a contrapelo: por razones personales, se mantuvo en los márgenes de la sociedad. Mi intención no era explicar convincentemente la vida de Ory, sino casi lo contrario: exhibir sus muchas vidas, negarle una unidad. A partir de ahí, su relativo apartamiento tiene más que ver con su peripecia vital, con la radical libertad de su alma, y con su relación casi intemporal e inclasificable con la literatura. Y eso genera recelos, fobias, pero también le surgieron, a partir de los 60, sobre todo, partidarios. En cualquier forma, Ory fue un escritor extraterritorial y casi secreto sin premeditada intención de serlo. Ya le hubiese gustado encontrar aclamación a su heterodoxia y -se olvida a menudo- a su coherencia. Pero la incapacidad de la sociedad literaria de apreciarlo hizo que el reconocimiento le fuese llegando en pequeñas dosis solo gracias a esos lectores fortuitos empeñados en visibilizarlo. Pienso que su vida y su obra son ramas de un mismo árbol, por tanto deberíamos acercarnos a su obra sin perder de vista aquellos elementos biográficos que definen su personalidad y estilo. Esa falta de clasificación, esa heterodoxia convierten su literatura, alejada de modas y corrientes machaconamente homogéneas, en algo intemporal y al alcance de lectores de cualquier edad o condición.

— ¿Cómo calificaría la relación de Ory con sus contemporáneos, con otros autores y amigos del mundo literario?

— La calificaría de difícil. Su exilio voluntario le alejo de algunos amigos y escritores contemporáneos y le descolocó de la sociedad literaria de su tiempo. Además, la tensión derivada de ese afán de trascendencia que le espoleaba a escribir con una entrega absoluta y la máxima concentración de que era capaz, terminó comprometiendo no sólo a algunos de esos amigos, que le duraban lo que le duraba el deslumbramiento inicial, sino incluso a las relaciones con su familia, con sus mujeres e hija. Era un excéntrico, alguien que estaba fuera del centro. Entiéndase centro como escuela, canon o grupo literario. En ese sentido, el contacto con los escritores de su época estuvo jalonado de desencuentros y distanciamientos, pero también cultivó y buscó la amistad de autores en distintas momentos de su vida que fueron con él generosos e indulgentes. Nieva, Félix Grande o Bolaño, por citar algunos de épocas diferentes, fueron amigos del gaditano durante toda su vida. Él siempre desligó la literatura de la amistad, pues curiosamente no se acercaba a lo que escribían sus amigos y es complicado rastrear alguna referencia elogiosa hacia ellos y sus contemporáneos.

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