Selección de poemas de Julia Uceda

Con motivo del centenario del nacimiento de Julia Uceda (1925-2024), la Fundación José Manuel Lara presenta esta selección de poemas de la autora sevillana.

Invitamos al público de la Ferian del Libro de Sevilla a compartir estos versos en redes sociales con el hashtag #CentenarioPoetaUceda y etiquetando a @fundacionjmlara, para mantener viva su voz y celebrar juntos su legado poético.

Índice

  1. El encuentro
  2. Mariposa en cenizas
  3. Extraña juventud
  4. La trampa
  5. La extraña
  6. Antígona
  7. Noroeste
  8. Condenada al silencio
  9. El tiempo me recuerda
  10. Libertad de la luz
  11. Orden del sueño
  12. Busco señales en la piedra
  13. De la mirada interior
  14. La primera
  15. Hablando con un haya
  16. Palabras, II
  17. Kairós
  18. ¿Qué se oía? (Cero)
  19. Recuerdo perfectamente esos días…

1. El encuentro

Llegué bajo el sol vivo de días inmortales

con retazos de bosques en mis dientes sin huellas.

De bosques virginales,

de milagrosos bosques,

y los brazos cargados con mil tallos de brisas.

De brisas no tocadas,

de cristalinas brisas,

para aplastar mis labios al borde de tu frente,

alto cristal iluminado y grave.

 

Me vibraste como una campanada

que me inundó, que resonó en lo íntimo,

en los recodos últimos de mis cuevas salvajes

y me envolvió en una inmensa ola

que me dejó en tus brazos, por primera vez viva.

 

Y pasaron los siglos.

Y al separar mis labios de tu cristal herido

tú tenías mis bosques y mis brisas.

De Mariposa en cenizas (1959)

2. Mariposa en cenizas

Hoy te escribo, Señor, y te pregunto

por la escondida luna de mi muerte;

por sus manos de hielos afilados

como agujas que cosen telarañas;

por esa muerte mía, sólo mía,

que aún no está madura por tus campos.

 

Tú, Dios, para matarme,

para volverme a Ti y a la sombría

cuna de donde vine, has de abrasar mis alas

y desatarme en nube pálida de ceniza

y aplastarme en la luz última de una tarde.

 

Y yo he de bailar,

con mi vestido gris de polvo y niebla,

frente al cielo amarillo y el sol frío,

sobre tus rosas y arrayanes muertos,

arrastrando mis alas desgarradas

igual que un breve cisne de las flores.

 

Y te pondré en la mano

dos lágrimas de luz y sal, como un pequeño

quejido por mis alas ardidas ya y cenizas

desde que me las diste un octubre lejano.

 

Cuando tuvo mi nombre un lugar en el aire

y me llamaron «Julia» para hacerme más sitio.

De Mariposa en cenizas (1959)

3. Extraña juventud

Hundir las manos en el agua

del tiempo. Ir al fondo

mismo del futuro que pasa.

Descender por sonidos

que antes nadie escuchara,

sabiendo que no existen

la vida y la esperanza.

Deshacer el ovillo

dentro del alma

desnudando a los mitos

con un golpe de luz en la mirada.

Vivir, por vivir hoy

no por vivir mañana.

Estar siempre en la punta

de polvo de la espada.

Beber despacio el tiempo

–el nuestro y nuestra nada–.

Acariciar de noche

las estrellas mojadas.

Y de día esos labios

en que el dolor se para

indicando que hay algo

extraño que no pasa.

De Extraña juventud (1962)

4. La trampa

Julia Uceda, qué has hecho de tu sombra.

Mujer sin huella, cuerpo

sin apellido,

denominas al humo, a las lluvias y al viento.

A todo lo que pase y se borre y se pierda.

 

Has buscado una voz por donde había

viejos mitos desiertos.

Has adorado dioses derribados

en hondos agujeros,

y ahora todas las aguas de la tierra

lloran desde los montes por tu cuerpo

donde muere la muerte. Y donde muere

la vida al mismo tiempo.

Mujer con los brazos mojados

en el antiguo corazón de un cuento,

con las espaldas frente al Todo

y las pupilas derribando miedos,

las viejas madres-muertes harán rondas

para que pudra tu secreto,

y escuches en los muros de tu vientre

un golpear de pétalos y huesos

y graves caracoles masculinos

en las tardes de invierno.

Te rozarán la frente largas dudas

como ásperas lenguas de perro.

Escupirán inviernos en tu llama

porque has jugado con su fuego

y mostrarán de ti, cuando te vayas,

un helado cerebro.

De Extraña juventud (1962)

5. La extraña

La fatica è sedersi senza farsi notare.

Cesare Pavese, Il vino triste

Me levanté sin que se dieran cuenta

y salí sin hacerme notar.

Había estado todo el día

entre ellos, intentando

hacerme oír,

procurando decirles

lo que me habían encargado.

Pero el recado que me dieron

no era preciso. El humo,

la música, el ruido de las risas

y de los besos –estallaban

como las rosas en el aire–,

eran más fuertes que mi voz. Cansada

de mi trabajo inútil,

me levanté,

abrí la puerta

y salí del hermoso lugar.

Desde la calle

miré por la ventana: nadie había

advertido mi ausencia.

Caminé. Volví el rostro:

ninguno me seguía.

De Sin mucha esperanza (1966)

6. Antígona

Yo sé

que un día

voy a salir por estas calles,

como un trozo de llama,

quemando el aire con mi grito;

incendiando los lechos

y las fuentes.

No me compréis con lágrimas.

No tendáis vuestra mano

hacia este falso mármol

de las mías.

No me digáis,

no me digáis

ya más…

Lo sé ya todo.

Cerrad las puertas,

liberad a los perros

y a los pájaros, regad

las flores: será

la última vez…

Y no dejéis

que los grifos abiertos

inunden las estancias:

que el pétalo amarillo

de las horas encienda

de frío sol los ámbitos vacíos.

Después, dejadme

dormir.

De Sin mucha esperanza (1966)

7. Noroeste

Si intentara decirlo

no sabría: el tiempo

y el espacio jugaban

una danza en el tronco de los árboles.

 

Cómo poner en su lugar

–tiempo y espacio– lo innombrable:

el vacío. No el vacío que está en el Diccionario,

definido y concreto,

sino el real, el otro, el sin palabras.

Ese que ni parece una palabra. Que no tiene

ni siquiera un idioma, una música, un gesto.

 

Inútil intentarlo. Sólo puedo

decir tiempo y espacio, mas no todo.

(Nunca se llega al fondo. Ni uno sabe

quién muere cuando entierran nuestro nombre.)

 

Era un reloj de manos rotas

que se dejó los dedos entre nubes,

sobre la mar –oh, sí: lo femenino,

lo múltiple y sin forma que da formas,

que devora y genera; la mar, Jorge Manrique,

que no pudiste ver cual yo veía–.

 

Y por ese reloj, sola, rampante,

con alas sí, con júbilos y alas,

yo, lo inútil, creyendo

un mensaje en mis manos poderosas.

 

Qué importaba el reloj, la mutilada

hora tradicional, los asaltados

espacios interiores donde el miedo

lloró sobre sí mismo replegado. Qué importaba

si yo tenía manos, huesos, júbilos

que entregar por respuesta…

 

El espacio era claro, pero luego

supo a cristal –no sé decirlo–,

a suelo huyendo.

A soledad callada y no sonora.

 

Y una mujer andaba, andaba, andaba.

Y era yo y no era yo, porque ya todo

era igual a sí mismo y sólo había

asido sombras y abrazado sombras.

 

No, dolor no, mas no podría

precisar… sino luces

hirientes de quirófanos.

Sí, vacíos también, todo vacío.

Todo hueco –futuros y pasados–:

un escalón de menos, un espacio

sin aire… No sabría

–ya lo advertí– decirlo.

De Poemas de Cherry Lane (1968)

8. Condenada al silencio

Para Ramón Sender

Nada más natural que estos paisajes

y esta luz en mi mesa y esta casa

–posible ya que se ha perdido todo–

y este extraño país en el que estoy.

 

Nada más natural que los nombres que oigo,

nada más natural que la nieve que cae,

la cama donde duermo,

los caminos que anduve…

 

Nada más natural. Nada más misterioso.

 

Aún no veo el conjunto

de todos los enigmas.

Sólo tengo fragmentos

amargos, disparates

de mí: gran disparate. O verdad honda.

 

Lo nuevo es la costumbre.

Lo acostumbrado olvido.

¿Soy otra? ¿Soy la misma? Los espejos

reflejan a una niña que se va y a una anciana

que blancamente llega,

pero nunca responden.

 

La respuesta está al filo:

cuando ya nada importa y no regresa el hombre.

 

Pero entre tanto hay músicas

y luz en las estancias y retratos,

y horas que pasan esperando oír voces

que miran desde ayer. Y también son misterio.

 

Habría que marcharse.

No haber venido nunca

porque el hondo misterio no está en los escalones

que bajamos; se agita,

mortal y eterno, en nuestro lado izquierdo,

y estamos impacientes porque amamos

lo que no debe amarse

ni ser amado quiere.

 

Yo me pregunto ahora,

en este pozo hondísimo,

si aún me quedan más pozos,

cuántos pozos me quedan

y hasta dónde el misterio será, como hasta ahora

natural, cotidiano

y si un día, en mis nieves,

no sentiré ya nada:

¡qué vergüenza, Dios mío!

 

Y digo que me quiero

marchar.

Que el juego es sucio,

que yo nada comprendo y que no hay paraísos

terrestres ni celestes. Sólo noches y noches

y una lenta caída del insomnio a la nada:

desde un sueño a otro sueño.

 

Lo más limpio es marcharse:

no dejar que se ensucie

nuestra mano inocente. Pero suena el teléfono

y Sí, yo soy, decimos

a las voces extrañas que, siempre equivocadas

de número, en la niebla

a cenar nos invitan.

 

Todo tan natural. Todo tan misterioso.

 

Cada hombre, en su noche,

sin saber dónde echarse como un perro,

descuelga los teléfonos, acude

a la cena, sostiene

hermosas copas de cristal: decora

un friso monstruoso. Sigue.

 

Nada más natural. Lo extraño es esto:

no poder derrumbarse en las aceras

porque hay que mantener el orden público.

De Poemas de Cherry Lane (1968)

9. El tiempo me recuerda

Recordar no es siempre regresar a lo que ha sido.

En la memoria hay algas que arrastran extrañas maravillas;

objetos que no nos pertenecen o que nunca flotaron.

La luz que recorre los abismos

ilumina años anteriores a mí, que no he vivido

pero recuerdo como ocurrido ayer.

Hacia mil novecientos

paseé por un parque que está en París –estaba–

envuelto por la bruma.

Mi traje tenía el mismo color de la niebla.

La luz era la misma de hoy

–setenta años después–

cuando la breve tormenta ha pasado

y a través de los cristales veo pasar la gente,

desde esta ventana tan cerca de las nubes.

En mis ojos parece llover

un tiempo que no es mío.

De Campanas en Sansueña (1977)

10. Libertad de la luz

Alguna vez he de volverme

y mirar hacia atrás. No sé

si habré de dirigir mis ojos hacia arriba

o hacia abajo, pero tú, a quien no escribí un poema de amor

y di más que el amor, comprenderás

(¿He dicho que no creo en el amor

sino en la luz? Amor… He visto demasiado

esas palabras: conteniendo la vida,

engalanando la muerte, arrastrada por lechos,

desvaneciéndose en los idiomas –love,

liebe, amore… amore mío, amor: sonidos,

confusión de sonidos que ocultan

algo. Luz: tan sólo en ella creo.)

Nadie es su voluntad: es su destino.

Ni es sólo su presente: es el pasado

y el futuro también –un peligroso borde

donde, no siempre ciegos, caminamos–.

Inevitable despeñarse

mas tal vez no terrible. La luz sólo

puede liberar a las sombras,

derretir sus cadenas,

dar a las aguas transparencia y vida,

aire al espacio clausurado.

Y el presente de ayer

no es ya más una soledad sin sentido

en que se puede llamar amor a las sombras.

Porque ¿puede ser una garra el amor?

¿Puede ser un desierto el amor? ¿Puede ser

una alta muralla?

¿Podría haber sido, yo sola, el amor y el amante

viendo otro cuerpo donde nada había?

No sé: ¿cómo saber quién fui, quién, ellos, fueron,

sin luz?

Yo, a mí misma,

regresaré por esa luz –semilla de una luz ahora–

restaurando los rostros mordidos por el tiempo,

ordenando la casa que me habita

–puesto el mirto en los vasos

en honor de las sombras ancestrales–,

porque no hay que renunciar a la pena,

ni al testimonio de los escombros,

sino a la destrucción.

Porque ser o no ser destruida,

sólo depende de mí: de que mi mano

tape la luz o la deje pasar

por el pequeño espacio que entre mis ojos vive,

hasta el fondo infinito,

y me incluya en su círculo.

En ese día inacabable

en el que los vocabularios se fundan en la luz,

y sea suficiente mirar,

¿para qué llamar nada a nada?

De Campanas en Sansueña (1977)

11. Orden del sueño

Cuando entré a despedirme de los ámbitos

a los que ya rendí mi adiós, mas no mi olvido,

la amada sombra estaba recortándose,

cual negativo de una antigua foto,

sobre lechosa luz de día que declina:

oscura luz o sombra iluminada,

símbolo, pudo ser, de una terrible

desdicha.

Mi sorprendida mano,

que hallarse sola se creía,

puso luz en la estancia, no en la sombra,

ni en el enigma que el tiempo me acercaba

para borrar, con cada beso sabio,

un dolor.

Ya pasados, recordarlos no puedo.

Se me fueron sus nombres y ocasiones.

Sólo hablan en mí sus voces confundidas.

Y ni eso, a veces: un viento que se aleja

entre golpes de mar, nieve que cae.

A través de los sueños

se abre paso el olvido, y los rencores

decaen, lentamente, como otoño ante invierno.

La noche y sus preciosas criaturas

limpias de su pasado miserable;

salvadas de ellas mismas, de mí misma,

de pie sobre otra tierra: un paraíso.

De Viejas voces secretas de la noche (1981)

12. Busco señales en la piedra

Busco señales en la piedra

que ordena sombra y luz, cuadra

el círculo y lo sostiene

sobre el yacente corazón y, alta abuela del mundo,

almohadilla relatos en su agostada piel.

Busco signos que ya no animan

lo que contaron pero laten

con helado fulgor que nos excede

y derrumba. Busco

lo que quiere ser dicho de nuevo y espera, y

debe ser resucitado

a pesar del musgo y el viento,

de la lluvia, del hierro de los hombres

y su tesón para demoler; del reinado

de la basura

y las dolencias de los seres sin vida.

Dedos que llaman desde la piedra,

garzas que murmuran, batallas

inmóviles, caracoles

sobre el acanto sin espinas, detenido

su milenario caminar.

Últimas luces,

derramadas por el ocaso,

mojan el bulto de unos montes, lejos.

(¿De allí vinieron?)

Y la piedra

se adormece de nuevo con un suspiro.

Desciende

la noche; libera

sus criaturas de silencio y sombra,

y disuelve los lugares de tránsito en espera

de otro día, otros pasos.

 

Y no tengo luz

aunque venga de ella.

 

Signos

que nos miran llegar y desaparecer

con la esperanza de ser llenados de nuevo,

calentados con la saliva de nuestra edad,

repetidos, multiplicados

en un rumor de hombres y martillos.

Manos

que se tienden, bocas sin voz.

Y otra noche

borrándolos.

De Del camino de humo (1994)

13. De la mirada interior

¿Dónde cae esta nieve que aquí no cae?

¿Dónde se oyen las voces que aquí no oigo?

¿Dónde estoy cuando miro, sin ver, los techos

o los cielos que pasan quién sabe a dónde?

 

¿Se repiten los cielos? ¿Son siempre otros?

 

En el muro que soy, pinta una mano

las figuras cambiantes de la memoria.

¿En dónde detenerme para encontrarlas

como son, como fueron, como me hacen?

 

Los nombres olvidados, ¿cuándo los dije?

 

Nombres que me labraron o destruyeron

en el fulgor que oculta mi solo nombre;

esplendor que llamamos vida y que sólo

nombra al puro vacío, al polvo incierto

 

del silencio infinito tras nuestro paso.

 

Todavía otro esfuerzo… Hechos de añicos,

nieves de otro glaciar, huellas borradas,

miradas que no miran sino a horizontes

que aunque sean los mismos semejan otros

 

cuando veo esta nieve que aquí no cae.

 

¿Llamaría tortura a los haceres

del tiempo en lo que todos llamamos alma?

La palabra es espejo, nube dispersa,

forma que se deforma tentando ecos

 

y final estructura de esos paisajes

en los que el sol muriente al fin descubre

aquello que creeremos que nos contiene

mientras el mar se apaga con nuestros ojos.

De Zona desconocida (2006)

14. La primera

¿Cómo lo dijo, cómo

encontró los sonidos en su boca de barro,

y ordenó el aire de su pecho,

lo reunió todo con ritmo y orden

para ser entendido, ella,

la primera, la sin memoria,

sin hoy

ni ayer

ni germen ni más atrás?

¿De dónde vino la sonrisa

lo soñado

acunado

en el húmedo lecho de lo que no era el mundo?

Por qué ella,

la sin historia, la sin otras

que, antes, la enseñaran.

Tuvo que haber un nacimiento

de lo llamado amor, dolor, aroma, intimidad,

amanecer, crepúsculo, roce de otra mano,

llanto de niño, primer llanto

de mujer. ¿En qué lugar, cueva o arbusto

florecieron preguntas, rosas negras,

sin raíces también para la sin raíz,

rosa primera, sin semilla ni esqueje?

Sólo ojos tuvo para ver lo sin nombre

trepando al pensamiento,

ese fuego intocable que no quema,

hasta alcanzar el grumo de un sonido

que ella amasaba

para dar forma donde no la había.

Quizá la piedra o la sagrada encina

se hermanaron a ella

y repitió sus voces

sin saber qué decía en su tierno alarido.

De Zona desconocida (2006)

15. Hablando con un haya

Movidas por el viento

–¿o ellas mueven el viento?– dicen

adiós, adiós, o ven, ven, ven…

Las pombas cruzan, atareadas,

de un lado a otro, con sus propios mensajes.

Y de pronto, como cansadas

de tanto musitar contradictorio,

las hojas se detienen para decir no, no…

Y parecen callar,

mirándome desde lejos,

reconociéndome, volviendo

a murmurar entre ellas.

¿Hablan de mí?

 

De nuevo

rotundos monosílabos sin lugar

a dudas ni a esperanza: ya no hablo

en su idioma antiguo.

Bajo un azul que no es azul,

la vida de lo verde quemándose,

caminando a su barro,

a su humedad profunda,

a su retorno al vacío

en el que todo es uno nuevamente.

 

Esa mujer de cabello revuelto

que habla con los árboles,

busca en sus bolsos palabras que no encuentra

para evitar los caminos, los bordes del miedo

y los umbrales de las puertas selladas

que no ve. Pero están. Y tropieza con ellas.

 

Silencio

y otra vez,

puntualmente,

monosílabos entre las hojas agrupadas.

Más que yo cuando escribo

(tampoco sé de dónde vengo),

más que todos los muertos de la tierra.

Umbrales, hayas, puertas… Todo sin decir

en estos tiempos de penumbras

y de viejos idiomas olvidados

que las hayas y las pombas guardan

en sus libros de viento.

De Hablando con un haya (2010)

16. Palabras, II

No morir en un mundo de silencio,

me digo.

No morir en un mundo sin palabras,

de voz en blanco y negro

o sólo en negro, quietas, titilantes

del fuego de las bocas,

de los aires del corazón sin voz.

Silencio.

No:

palabras. No. No las olvides pues te olvidas

de ti.

Paseé

sobre ellas y eran el bosque, el mundo

que habitábamos,

la luz que, somos tiempo, revelaba

la última pisada de quien fuera un ángel.

Recorría con ellas

el pasado, y lo creaban desde la noche, cual si nunca

él hubiera existido porque no son la misma

la luz de la memoria y la que vemos.

A veces

puedes atar a ti con las palabras

a quien olvidas luego, aunque más adelante

su herida te lo traiga

y entonces lo recuerdes.

Y todo lo que estaba al otro lado

de la memoria y sus enredos mostrará la pureza

que tal vez nunca tuvo: ¿cómo comprobarlo?

Eran diosas del fuego las palabras: llamas

de un mundo que ni alcanzarse puede,

aunque la boca intente

tocarlo con la mano del sonido.

El hielo conservaban las palabras: fuego, hielo

que quisieron helar, quemar y confundir.

Traspasar la palabra: herirla

de todo lo que viva y sea y se disuelva

en el pozo que ya no necesita

sonidos: al lugar al que sólo

la palabra nos lleva nutrida del secreto

de lo que no se dijo todavía.

De Hablando con un haya (2010)

17. Kairós

La niña se pregunta y pregunta

a los mayores: ¿dónde

estaba yo antes de estar aquí?

 

Su pasado en no ser estaba en antes,

¿dónde ese antes deshabitado?

 

¿Y por qué los mayores

evitan responderle?

Ni una pestaña de sus ojos sabe

dónde la niña estuvo.

Ni les importa.

De Escritos en la corteza de los árboles (2013)

18. ¿Qué se oía? (Cero)

No había un solo hombre, un solo animal…

Solo el cielo existía. La faz de la tierra no aparecía;

solo existían la mar limitada, todo el espacio

del cielo. No había nada junto que hiciera

ruido… No había nada que estuviera en pie.

Popol Vuh

Su cuerpo vino del agua, de la tierra y, tal vez,

de un trozo de raíz que se perdió en el barro

después de un temporal.

No supo nunca que nació ni dónde se encontraba:

solo tuvo en común con otros como ella

el hecho de morir que no comprendió nunca.

Tras ella

quedaron piedras de cortar, cuencos de arcilla, dentaduras

de peces para peines, ruidos de su boca que serían

palabras para otros,

dioses orejudos

de enormes labios y penes reprimidos.

Nunca vistió collares.

Pero era ella en la era del soñar

que la mecía. Sombras,

iguales o distintas,

la envolvían cuando el sol la tocaba y la música, que su oído no reconoció,

resonaba al abrirse desde sus hombros hasta el suelo,

perdiéndose en la arena que pisaba: reminiscencia

de cuando era solo un alma. Una nube.

Nada supo de ese otro ruido, chal de signos,

que la entibiaba porque nacía en su interior:

desde el agua y la tierra, de la raíz y el barro

de temporales de una edad perdida

que creía innombrable. Más tarde,

alguien le puso nombre: la creó. Y se oyó.

Ella nunca lo supo.

De Escritos en la corteza de los árboles (2013)

19. Recuerdo perfectamente esos días…

Mi infancia son recuerdos de calles de Sevilla,

de quietas barreduelas, de patios muy callados,

de luces que se cruzan con siglos y futuros

donde el tiempo navega sin destino ni pausa.

 

Mi infancia tiene pájaros muertos sobre una colcha,

albercas de un verdor negro y acristalado,

caracolas que trepan por un muro y regresan

y las toco con dedos que ya no son los mismos.

 

Llega, por muchas calles, un olor a romero,

y un aire que me abriga como un seno lejano

que recordar no puedo, las sombras de otras casas,

ruidos familiares: los pasos de la muerte.

 

Ella iba y venía por inviernos perdidos

acodada en las cunas, esperando en los templos.

No comprendo que un día se fuera a alguna parte

dejando su trabajo para algún otro día.

 

En las casas partidas por el rayo

queda una sombra fresca de velas descorridas

y lo que no recuerdo me hace señas lejanas

hasta que resuciten cuando doble una esquina.

De Poemas dispersos