Francisco Reyero rescata la leyenda y el mito en el libro ‘Sinatra. Nunca volveré a ese maldito país’

Francisco Reyero rescata la leyenda y el mito en el libro ‘Sinatra. Nunca volveré a ese maldito país’

El autor repasa los años de su estancia en España y recuerda las peripecias del actor y cantante, crónica marcada también por la presencia de Ava Gardner

Frank Sinatra, la mayor leyenda artística de Estados Unidos, estuvo en España repetidamente entre 1950 y 1964, cuando fue obligado por el gobierno de Franco a abandonar el país por desacato a la autoridad. El cantante, turbio, contradictorio y obsesivo, llegó por primera vez persiguiendo a Ava Gardner que rodaba en Tossa de Mar, a comienzos de los cincuenta, ‘Pandora y el holandés errante’. En esta narración documentada de sus peripecias que ahora publica la Fundación Lara, el periodista Francisco Reyero pasa revista a la crónica de estos viajes protagonizados por Sinatra, con sus enfrentamientos con la policía, sus ataques de celos, sus broncas o sus problemas con compañeros de rodaje como Sofía Loren. El cantante comparte protagonismo con el “maldito país” del título que, doliente en la posguerra y la autarquía, va abriéndose al turismo y a los intereses norteamericanos.

Ava Gardner había dicho que si fuera hombre nunca se casaría con una mujer como ella. No obstante, Frank Sinatra lo hizo. Ella se prendó de España y sus alicientes: la noche, las ventas de madrugada, los tablaos y los toreros. Desde entonces, esa pasión achicharrante y los desencantos que de ella se derivan, marcaron la vinculación de Sinatra con la piel de toro. La inauguración del Hotel Castellana Hilton, el establecimiento de las relaciones diplomáticas que propician los grandes rodajes de Hollywood, la censura, las juergas, la carestía, la carne y la picaresca desfilan por estas páginas que ofrecen la crónica de los viajes de un mito, pero también de toda una época de la vida española.

Y de fondo, la admiración del propio autor de este crónica, el periodista sevillano Francisco Reyero, por el mítico Frank Sinatra, que le llevó a viajar hasta la ciudad natal del cantante y a comprobar cómo el mito sigue más vivo que nunca justo ahora cuando se cumple el centenario de su nacimiento.

– ¿Cómo o dónde surge su interés por la figura de Frank Sinatra, y en concreto por esta etapa del actor/cantante?

– Como recuerda el crí­tico de ‘The New York Times’, Stephen Holden, Sinatra fue sucesiva o simultánea­mente el frívolo libertino, el feliz trotamundos, el solitario misterioso, el cansado buscador de sensaciones o el conquistador hedonista. A mí me interesa porque cuando llega a España persiguiendo a Ava Gardner está en el punto más bajo de su carrera, con una vida personal turbulenta, expulsado de los grandes estudios de Hollywood y hoy, cien años después de su nacimiento, nadie discute su carácter imperecedero. Sinatra me sirve para contar una peripecia personal apasionante en el escenario de un país literario. Aunque no se suela decir, es un trabajador incansable. Un hombre muy duro, muy resistente, capaz de acuñarse como el emblema americano. Cuando cantaba ‘My way’ decía: “Es el himno nacional pero pueden seguir sentados”.

– ¿Ha sido fácil encontrar documentación para poner en pie esos años tan apasionantes?

– Toda la escritura está basada en la documentación. Hay voces de más de sesenta entrevistados, fondos de Hoboken (el lugar de nacimiento de Sinatra), de Los Ángeles o de la Biblioteca Nacional. El libro tiene una trama, pero el andamiaje lo componen datos históricos o periodísticos: fechas, testimonios de testigos principales que vivieron la época u opiniones rescatadas a través de biografías o recuerdos escritos, tanto en inglés como en castellano. ‘Sinatra: Nunca volveré a ese maldito país’ atiende a una doble visión: la visión norteamericana -¿cómo contaban los americanos las peripecias de Sinatra en un país como la España franquista?– y la visión de la prensa española, sometida a la dictadura. A través de estas dos perspectivas, vemos dos mundos, el americano y sus estrellas y el español que, como dibujaba Vázquez Montalbán, “era una caja con el cielo por tapadera”.

– ¿Qué ha descubierto, o a quién ha descubierto, que tuviera protagonismo o fuera algo excepcional por su relación con Sinatra en España?

– La magia que proyecta el cine siempre deja en penumbra su despiadado aspecto comercial. Si Estados Unidos es un imperio irresistible es, en gran parte, gracias a su manejo de la industria cinematográfica. La llegada de las grandes estrellas a nuestro país, vinculadas a las producciones americanas desde mitad de los cincuenta, se ha contado como si aquí aterrizaran naves espaciales autónomas. Al calor de la peripecia de Sinatra el libro cuenta que para que se produzca esta llegada masiva de estrellas hay una relación diplomática estable entre Franco y Hollywood. Una relación larvada al calor de intereses compartidos y que ayuda, por ejemplo, a proyectar el turismo. Sinatra, al contrario que otros actores mucho más solícitos a atender las indicaciones de la dictadura, siempre mantuvo una actitud contestataria. De hecho, en abril de 1956, al llegar para rodar ‘Orgullo y pasión’, Jaime Arias, entonces relaciones públicas de la United Artists, le había preparado una rueda de prensa para promocionar el rodaje. Sinatra le dijo a Arias: “Me gusta mucho España, pero lo primero que diré ante la prensa es que sufren un dictador infame”. Previendo la que se le venía encima, Arias le contestó que con unas fotos sería suficiente.

– ¿Descubre el libro alguna anécdota desconocida de sus años españoles? ¿cuál fue la más sonada, salvaje o famosa?

– El libro está plagado de vivencias, sentimentales, cómicas, grotescas, excesivas, pasionales. Sinatra es un personaje antipático y la prensa española tomó partido contra él. En el affaire de Ava con Mario Cabré, la afición estuvo contra el cantante, como si fuera a usurpar una gran conquista patriótica. Humphrey Bogart dijo de la actriz: “La mayoría de las mujeres estarían dispuestas a arrojarse a los pies de Frank Sinatra y resulta que Ava, sin embargo, pierde la cabeza por un tipo que usa capa y unas zapatillas de bailarina”.

– Al final, ¿cree que Sinatra se llevó una buena o mala impresión de España?

– Las broncas con Ava, atendiendo al carácter de ambos, se hubieran producido igual en España que en Finlandia. No es que el sol despertara sus enfrentamientos. Pero, al margen de Ava, todas sus visitas tienen un aire de fatalidad. Incluso cuando volvió en 1986 para el concierto en el Bernabéu padeció una mala organización y tuvieron que regalar las entradas para que el estadio no quedara vacío.

– Sin Ava Gardner por estas tierras, ¿todo hubiera sido diferente?

– La prensa española de la época no se atrevía a contar que Sinatra había venido buscando a Ava  cuando se presentó en Tossa de Mar (Gerona), en el  rodaje de ‘Pandora’. Hubo titulares propios del momento: “Sinatra ha venido a descansar casualmente donde está rodando Ava Gardner” y cosas por el estilo. En diciembre de 1953, cuando la Metro Goldwyn Mayer había anunciado su separación, ella se escapó a Madrid para celebrar la Navidad y su cumpleaños. Sinatra vino a buscarla y tuvo que compartir noches de juerga con Luis Miguel Dominguín. Las revistas de cine de la época hablaban de que Sinatra y Ava seguían juntos y ella hablaba como si en España su ruptura no tuviera valor. Él se topó con España por Ava y luego vino todo lo demás, hasta que lo expulsaron por desacato en Málaga.

– ¿Qué tiene Sinatra que no tengan otros cantante/artistas?

– Sinatra interpreta los sentimientos del público haciendo creer que son los suyos propios. Él es el intérprete. Cuando canta, por ejemplo, “he sido una marioneta, un pobre, un pirata, un poeta, un peón y un rey” su personaje es tan amplio, tan vital, que uno se traga que podría ser todos a la vez. Muchos españoles estarán de acuerdo con esto que escribió Umbral: “Sinatra me llegaba y me llega porque su música me hablaba de mis cosas, de mi tiempo, de mis sueños, de un mundo lírico y golfo que estaba en alguna parte. La seda de la noche, el pecado de las mujeres, la libertad del delincuente, la forja de un ladrón. Pero esos tenores de ópera que me hablan de la donna no sé qué, de Tristán, de Lucía de no sé cuántos, de mujeres operísticas y rococó, no son sino arrobas de voz que no comunican nada. Frank tenía voz de sueño y espesor macho”.