Vandalia publica el nuevo libro de poemas de Jordi Doce

Dime el regreso es tal vez la entrega más completa del autor, testimonio de una búsqueda constante en la vida y en la escritura

Cada vez más escueta y esencial, la voz reflexiva del poeta brilla por su lucidez, sensibilidad e inteligencia

Dime el regreso

Jordi Doce

Esta nueva entrega de Jordi Doce, cuyo título, Dime el regreso, recoge una súplica o petición tomada de un verso de la Odisea, es la historia de una convalecencia, el relato de un viaje que quisiera concluir con su protagonista en tierra firme. Frente a la atmósfera espectral de Maestro de distancias, los poemas aquí recogidos se afanan por restablecer –no sin temores– los lazos de confianza con el mundo. Las tres secciones del conjunto están presididas simbólicamente por otros tantos elementos naturales –aire, agua, tierra–, conforme la realidad va tomando cuerpo y el viajero siente que sus pasos dejan huella. O en otras palabras: que ante él se abre un camino. Como se afirma en el poema largo del “Epílogo”, hay que “saber estar mientras las preguntas, / como vencejos voraces, / van girando sobre la tierra del hacer”. La escritura de Doce, cada vez más escueta y esencial, pegada a las vueltas y revueltas del pensamiento, alcanza en estos poemas una sorprendente economía de medios. Pero se aprecia también un “regreso”, de otro modo, a los paisajes más abiertos y luminosos de sus primeros libros, vistos ahora con la perspectiva de la madurez, desde una voz reflexiva que brilla por su lucidez, sensibilidad e inteligencia. A la vuelta del tiempo, no se trata de hallar respuestas a toda costa, sino de formular las preguntas adecuadas. El resultado es tal vez el libro más completo de su autor, testimonio de una búsqueda constante lo mismo en la vida que en la escritura. Hay futuro.

Entrevista con el autor

La sensación es, más bien, que el título eligió al libro. Releyendo en casa de unos amigos Por qué leer a los clásicos de Calvino, en concreto el capítulo dedicado a «Las Odiseas en la Odisea», di con esta expresión y sentí que encapsulaba perfectamente el sentido y el alcance de los poemas.

La idea es que vivir significa haber dejado el hogar, la casa primera, estar en el exilio, y que todos nuestros intentos de encontrar la plenitud o la dicha responden al deseo de volver a esa casa. Hemos sido echados al mundo sin aviso y nos vemos embarcados en una travesía de la que sabemos muy poco. Pero, claro, la casa a la que uno vuelve no es la que se dejó, y esta es una verdad que Ulises descubre al final, cuando ya es muy tarde. Y como él, todos nosotros.

Este libro sigue cronológicamente a Maestro de distancias, que fue un «libro negro» surgido del dolor y el desconcierto vital, un testimonio urgente de la enfermedad y la muerte de mi pareja. Así que estos nuevos poemas echaron raíces en una tierra más bien árida, pero desde el principio aspiraron también al equilibrio y la serenidad. De ahí la descripción del conjunto como «la historia de una convalecencia». Y uno de los síntomas del convaleciente es cierta sensación de estar a la deriva, flotando en las aguas del reposo. Uno sabe que empieza a estar bien cuando pone el pie en el suelo –en tierra firme– y da sus primeros pasos.

En lo personal, algo se rompió hace veinte o veinticinco años: cierta sensación juvenil de invulnerabilidad, la idea de que el mundo se abría naturalmente a nuestro deseo de explorarlo y conocerlo, de que nuestros actos y decisiones tendrían recompensa… Al romperse esa ilusión, la poesía se transformó en un espacio brumoso, recorrido por la duda y la incertidumbre, con personajes que no sabían muy bien dónde estaban ni por qué. Ese es el mundo, la atmósfera, que aparece en mi libro No estábamos allí (2016) y en algunos poemas posteriores.

¿Cuál es el camino para restaurar esos lazos de confianza? No lo sé bien. Quizá dejar de sentir esa desilusión como una pérdida y empezar a verla como una oportunidad: una forma de vivir cada instante con los ojos abiertos, sin hipotecas a largo plazo ni horizontes salvadores.

De nuevo, no es algo que yo buscara ni estaba en mis planes. Pero sucedió que al ordenar de manera instintiva el conjunto, vi claramente esa asociación. Y comprobar que así ocurría terminó de convencerme, uno: de que el libro había encontrado su forma final; y dos: de que el instinto y el subconsciente suelen saber mucho más de uno que la simple razón, por sensata y razonable que sea.

Creo firmemente en aquello que decía Machado de que «se hace camino al andar». Porque no hay camino, desde luego, pero también, como sospechaba Auden, porque no hay caminante: ambos se crean mutuamente, y perdón por la rima; uno va haciendo el camino con sus pasos, pero también el camino va moldeando a quien lo pisa.

Tengo una conciencia muy aguda de la naturaleza caótica del mundo y del papel central que juega en él la entropía. Si nos detenemos y aceptamos pasivamente nuestro destino, no tardaremos en ser presa del abandono y hasta de la ruina. Y yo no he querido nunca que me coma la maleza. Encomendarme a la «tierra del hacer» me parece una alternativa bastante más saludable.

A veces no sé si veo mis poemas a través de la vida o mi vida a través de los poemas. El diálogo, la correspondencia, funciona en ambas direcciones. Lo que está claro es que me gustaría haber dejado del todo la atmósfera nebulosa, digamos, de mis libros recientes y volver de otra manera al mundo más claro y luminoso de los inicios. Sin dejar de ampliar y enriquecer mi escritura, si es posible.

Me gusta mucho la idea de Olvido García Valdés de la poesía como «un lugar donde no se miente». Y, en ese sentido, el conocimiento que ofrece puede ser doloroso, porque no podemos apartar la mirada de lo que somos y lo que percibimos –en nosotros y en los demás, en el mundo que nos rodea– con las palabras. La poesía, idealmente, debe-ría volvernos más lúcidos. Otra cosa es que lo consiga. Por lo demás, cada vez tengo más la certeza de que ese conocimiento que da el poema es un reconocimiento, algo que oscuramente intuimos, que no sabemos a ciencia cierta, pero que las palabras sacan a la luz.

Nunca he entendido la poesía únicamente como expresión o creación personal. Desde siempre me ha interesado editar, traducir y hacer crítica, y llevo tantos años haciéndolo, combinando la escritura de mis poemas con otras tareas, que ya no sé de qué manera se influyen o condicionan mutuamente. La poesía está en el centro de mi vida y de mi trabajo, y supongo que mi labor como editor y traductor me ha enseñado a ser más riguroso, cuidar los detalles y publicar solo cuando es necesario (aunque sospecho que siempre publicamos demasiado). Editar y traducir a otros poetas me ha enriquecido, me ha dado la oportunidad de aprender y desdoblarme en otros. Cuando de poesía se trata, no he querido ser egoísta, y el mundo, a cambio, no ha dejado de ser generoso conmigo.

el autor

Jordi Doce (Gijón, 1967) es autor, entre otros, de los libros de poemas Lección de permanencia (2000), Nada se pierde. Poemas escogidos (2015), No estábamos allí (2016) y Maestro de distancias (2022); estos dos últimos fueron elegidos mejor libro de su año por la revista El Cultural. Su poesía ha sido traducida al inglés, italiano, alemán, rumano y árabe. En prosa ha publicado los cuadernos de notas y aforismos Hormigas blancas (2005), Perros en la playa (2011), Todo esto será tuyo (2021) y La insistencia (2025), así como libros de artículos y ensayos. Ha traducido la obra de numerosos poetas de habla inglesa. Fue lector de español en la Universidad de Oxford (1997-2000) y responsable del Área de Edición del Círculo de Bellas Artes de Madrid. Actualmente coordina la colección de poesía de la editorial Galaxia Gutenberg y hace crítica literaria en El Cultural.

VANDALIA

Dime el regreso
Jordi Doce
Distribución: 23/09/2026 EAN: 9788419132932
Código: 0010406462
13 x 21,5 cm / 184 pp
PVP: 12,40 / 12,90 euros RÚSTICA CON SOLAPAS