Memoria, lenguaje y emoción se entrelazan para dar forma a una geografía profundamente humana.
El autor propone una poética del desplazamiento: somos tránsito, memoria en construcción, mapas incompletos.
Los poemas parten de la intuición de que, en medio de la deriva, aún es posible nombrar la belleza.

Topografía marina
Jorge Fernández Gonzalo
XVI Premio Iberoamericano de Poesía Hermanos Machado
En Topografía marina, la experiencia íntima se despliega como un territorio en constante transformación, un mapa donde memoria, lenguaje y emoción se entrelazan para dar forma a una geografía profundamente humana. A través de sus cinco secciones, el poemario recorre los paisajes de la infancia, la conciencia del tiempo, la fragilidad de la identidad y la complejidad del amor, proponiendo una exploración que es, al mismo tiempo, física y simbólica, carne y palabra. Jorge Fernández Gonzalo traza una cartografía de lo vivido que oscila entre la revelación y la incertidumbre. La infancia aparece como un territorio fundacional, pero también como una patria inalcanzable; el presente, como un espacio fragmentario donde el sujeto intenta recomponerse entre recuerdos y ficciones para afianzar el asombro y la sensación de plenitud ante el mundo. La naturaleza —aves, árboles, lluvia, luz— actúa como espejo y contrapunto de nuestra existencia, ofreciendo a la vez consuelo y deuda. El amor se inscribe en una búsqueda que nunca se resuelve del todo, pero que da sentido al recorrido. Con voz reflexiva e imaginería rica y precisa, Topografía marina propone una poética del desplazamiento: somos tránsito, memoria en construcción, mapas incompletos. El libro invita al lector a recorrer sus propios paisajes interiores, a asumir la incertidumbre como parte esencial de la experiencia y a reconocer, en medio del naufragio, la persistencia de la belleza.
Entrevista con el autor
—El jurado del Hermanos Machado destacó el tono meditativo y la riqueza de imágenes, ¿diría que son rasgos genéricos de su poesía?
Sí. Intento buscar siempre una forma de equilibrio entre lo conceptual y lo sensorial, y aunque ensaye diferentes estilos o experimente fórmulas estéticas de un poemario a otro, creo que esos dos vértices, lo meditativo y lo imaginario, son los márgenes en los que se movería toda mi producción lírica.
—Son especialmente emocionantes los poemas sobre la infancia, que parece ocupar un lugar especial en su imaginario.
Durante mis años de juventud renegué de hacer poesía nostálgica o biográfica, pero ahora se han dado dos circunstancias que me han hecho replantearme estas cuestiones e incorporar el tema de la infancia a mi obra. Por un lado, mi edad ya me permite o me obliga a dialogar con mi pasado, y por otro lado soy padre de un pequeño cazador-recolector de 6 años, y eso también me ha llevado a ver reflejada mi infancia en la suya.
—La identidad es otro de los temas del libro, ¿cuánto tiene de construcción personal o incluso de artificio?
En mi caso, mucho. Entiendo la poesía como un espacio de ficción para hacer más real la vida. En este libro en concreto quise explorar cuestiones más personales y trazar una suerte de “topografía” de mis profundidades, pero soy siempre consciente del artificio que eso conlleva, y no está entre mis intereses buscar una suerte de verdad o de sinceridad al escribir. Considero que el propio acto de búsqueda e indagación personal crea aquello mismo que se buscaba, y entiendo el yo como una ficción, por lo que no veo problema en que la poesía explore estas circunstancias ficcionales propias de toda experiencia subjetiva.
—¿En qué sentido actúa la naturaleza como espejo y contrapunto de nuestra existencia?
Aunque en este poemario he tratado de buscar un equilibrio entre experiencia y contemplación, casi todos mis libros recurren a la naturaleza como espacio desde donde decir y decirse a uno mismo. Uno de los motivos principales de mi poesía tiene que ver con el problema de nombrar: cómo decir la experiencia, la realidad, cómo construirnos en el lenguaje. La decibilidad de la naturaleza me sirve como correlato perfecto para las problemáticas de la construcción poética.
—“Nadie sabe cómo aprender a amar”, leemos en uno de los poemas dedicados a la materia.
Este verso me surgió por error, como casi todo lo que hago en la vida. Mi idea original era “Nadie sabe cómo aprender el mar”. Ahí vuelve a aparecer uno de los problemas clave de mi poesía: la decibilidad del mundo, cómo decir el mar, cómo nombrar las cosas, etc. La homofonía me llevó a la segunda versión (“aprender a amar”), ya que el tema amoroso es otro pilar clave en mi proyecto literario, y con consignas similares (amar es, dentro de mi poesía, un problema semiótico, de lenguaje: cómo nombrar lo que amamos, cómo decirlo, cómo conceptualizar la experiencia amorosa, etc.). En el poema en cuestión aparecen ambos versos como parte de un recorrido: ante la reflexión sobre las cosas, el amor surge como respuesta (aunque esta respuesta genere, a su vez, nuevas incertidumbres…).
—¿Puede afirmarse que su poesía se sitúa al margen de las certezas y los destinos prefijados?
Cada vez más, la incerteza es, para mí, parte de la tarea de escribir. En mis escritos de juventud creía tener las cosas más claras que ahora. Con los años, creo haber aprendido a convivir con regiones de la experiencia que no pueden ser completamente nombradas, y estas han acabado por integrarse a mi poética.
—Ha hablado de la palabra poética como herramienta de conocimiento, como gesto que ordena el caos y permite vislumbrar un sentido.
En parte sí, pero tengo mis reservas, como decía. El azar y lo inconmensurable se me han revelado como territorios de exploración especialmente fértiles.
—“Donde hay dolor hay un lugar sagrado”, dice el epígrafe de Wilde que abre el último poema, del que toma su título el libro.
La frase de Wilde (que en esta traducción forma un endecasílabo) me pareció de una finura y actualidad sorprendente cuando me la encontré de forma azarosa. Tenía que quedármela para mí, y al momento escribí algo que sirviera como acompañamiento. Eso dio lugar al poema que cierra el libro, del cual estoy especialmente orgulloso. Si algo he deseado siempre, aunque se trate de un deseo imposible de cumplir, es leer mis poemas antes de haberlos escrito; lo bueno de escribir un poema a partir de la cita de otro autor es que puedo permitirme admirar sus versos sin sombra alguna de vanidad, como si en parte no me pertenecieran y, al mismo tiempo, dijeran lo que yo quería decir.
el autor
Jorge Fernández Gonzalo (Madrid, 1982) es profesor de filosofía en la Universidad Complutense de Madrid, y autor de más de una veintena de poemarios y varios ensayos. Ha obtenido premios como el Joaquín Benito de Lucas (Mudo asombro, 2004) o el Hiperión de poesía joven (Una hoja de almendro, 2004). En los últimos años ha recibido el premio Vicente Núñez con Modelaje de un cuerpo (2024), el César Simón con Como un buzo en medio del desierto (2025) o el Juan Gil-Albert-Ciutat de València con Insectario (2026), entre otros. Como ensayista ha publicado libros de filosofía, sociología y teoría literaria, entre los que destacan títulos como Filosofía zombi (finalista premio Anagrama, 2011), Homo public (premio Fray Luis de León, 2014) o La resta risible (premio Alfons el Magnànim, 2019).

VANDALIA
XVI Premio Iberoamericano de Poesía Hermanos Machado
Topografía marina
Jorge Fernández Gonzalo
Distribución: 03/06/2026
EAN: 9788419132871
Código: 0010399318
13 x 21,5 cm / 96 pp
PVP: 11,44 / 11,90 euros
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