Autora de trayectoria contrastada, reconocida con premios importantes, es una de las voces más valiosas de su generación.
Su poesía transita entre lo visible y lo invisible, entre lo mínimo y lo inmenso, entre lo cotidiano y lo sagrado.
Ereignis es un libro que piensa la poesía como acontecimiento: el instante en que la palabra hace existir lo nombrado

‘Ereignis’ de Carmen Palomo Pinel.
Distribución: 18/02/2026
La voz Ereignis, clave en la filosofía heideggeriana, suele traducirse como “el acontecimiento apropiador” o “el evento”: ese momento en que el Ser y el Hombre se pertenecen mutuamente, como pura relación en un juego de donación y retiro. Ahondando en la resignificación del término por el pensador alemán, Carmen Palomo Pinel lo aplica a la palabra acontecida, que no designa sino que revela. Cada poema es lugar donde el ser se pronuncia y se oculta a la vez. Pero aquí el concepto se hace íntimo: el lugar del acontecimiento es lo profundo del corazón, la mirada que reconoce la belleza aun en lo roto. El libro transita entre lo visible y lo invisible, entre lo mínimo y lo inmenso, entre lo cotidiano y lo sagrado. En él conviven el asombro ante la materia y la fe en una significación última del mundo. A través de la reflexión, la ternura, la pregunta por la belleza, siempre atravesadas por la conciencia de fragilidad, cada texto busca una pequeña revelación: un modo de decir sin poseer, de mirar con gratitud. La autora interroga el lenguaje como si aún pudiera ser origen, y la poesía como vehículo de restitución: una forma de amar, de salvar, de comprender. Ereignis es un libro que piensa la poesía como acontecimiento: el instante en que la palabra no solo nombra, sino que hace existir lo nombrado, celebrando la enigmática coincidencia entre el decir y el ser, entre el lector y la voz que le convoca. Desde esa intuición, los poemas exploran la relación entre lenguaje, realidad y misterio.
Entrevista con la autora
—Es inevitable preguntarle por la elección del título, Ereignis, una palabra alemana que toma de la filosofía de Heidegger.
—Así es. Es una palabra que significa “acontecimiento” y que Heidegger resignifica dándole un contenido filosófico: el acontecimiento apropiador en el que el Hombre y el Ser se dan y reciben mutuamente. Yo, por mi parte, le he dado otro significado que se va desvelando a lo largo del libro: mi Ereignis es ese momento en el que lector y escritor se crean mutuamente, ese encuentro feliz. También llamamos acontecimiento a un suceso especialmente relevante. En ese sentido, el libro habla también de un montón de pequeños acontecimientos que no parecen tales, de esas cosas de la vida, a veces pequeñas, insignificantes, pero que nos dejan pensando “aquí algo grande y misterioso ha sucedido”.
—Dice de su poesía que interroga el lenguaje “como si aún pudiera ser el origen”, y a la vez como un “vehículo de restitución”.
—Creo que, en todo origen, sea de lo que sea, hay siempre un lenguaje, una expresión, un acto de comunicación, un salir de algo hacia otra cosa. Todo acto de creación comienza por el amor hacia algo que no existe, y que, precisamente por este salir de sí mismo, lo hace existir. Cada poema, trate de lo que trate, es una declaración de amor: al lenguaje y a la realidad que en él se manifiesta. A la vez, uno de los poderes más maravillosos de la poesía es la capacidad de devolvernos un mundo renovado. Al nombrar lo habitual, aquello que ya ha perdido su brillo a fuerza de mirarlo desde la inercia y la costumbre, de una manera diferente es capaz de crear una distancia, un desconcierto frente a realidades ya conocidas que nos hace mirarlas como nuevas. Es una forma de renovar nuestros votos, nuestro compromiso de amor con la realidad. De algún modo, la poesía nos hurta el mundo tal y como lo conocemos y nos lo devuelve otra vez sorprendente, virgen para nuestro conocimiento y nuestro asombro, y en esa restitución recobramos también nuestra propia inocencia frente a él. El poema acrecienta en nosotros la intensidad de la experiencia de estar vivos.
—Su “fe en una significación última del mundo” parece oponerse al caos y el sinsentido de muchos ámbitos de la vida contemporánea.
—Si miramos al mundo, es inevitable percibir luces y sombras. El caos está ahí, eso es innegable: el no entender, el peso terrible del dolor, de la pérdida… Pero junto a esto, también sería faltar a la verdad el no reconocer todas las luces que también existen. Esa fe en el sentido es razonable, pero no es una certeza lógica sino más bien una forma de fidelidad. En medio de la guerra siguen naciendo niños, nos enamoramos, sentimos compasión. Esas luces son a veces pequeñísimas, pero, en mitad de una enorme oscuridad, la llama de una vela diminuta marca una diferencia radical. Hay muchos fogonazos de sentido, y aunque no podamos verlo todo de una vez, siembran una esperanza, la de que este mundo apunta más allá de sí mismo. A ese dedo con el que apunta más lejos lo llamamos belleza.
—¿Tienen ese “modo de decir sin poseer” y de “mirar con gratitud” a los que se refiere una dimensión ética además de poética?
—Diría que sí, pero espero que no de un modo moralizante o impositivo, sino anclado en el propio modo de ser del lenguaje, que guarda dentro de sí una ética implícita muy sutil. Hay en las palabras un salir de sí y un dejar ser a las demás. Unas se callan para dar paso a otras y construir juntas el milagro del sentido. Siempre he visto eso como una estructura de generosidad. En cada cosa está el nombre de todas las demás en forma de silencio. Siempre me conmuevo también al pensar que el lenguaje trata de salvar, de hurtar del tiempo todo lo que este no respeta. El mundo material está inevitablemente bajo el dominio del deterioro, pertenece a la pérdida, pero al nombrar las cosas, de algún modo, las rescatamos de esa devastación. Los nombres no se pudren. Por eso, cada palabra que decimos es, secretamente, un modo de convocar la eternidad. Por todo esto, pienso que quien se trata a menudo con las palabras se va impregnando de esta ética del silencio, de la atención, del dejar ser al otro lo que es.
—El contexto de algunos poemas podría calificarse de culturalista, pero su voz explora más bien los tonos íntimos.
—Son aspectos complementarios en mi poesía. Nos vamos construyendo siempre en diálogo con un otro, y ese otro muchas veces está lejano de nosotros en el espacio y en el tiempo. Para mí, hablar de lo íntimo es también hablar de lo histórico: de los autores que me han ido construyendo, de los libros que me han hecho sentir que antes de que naciera ya había sido comprendida, de la música que, en los momentos más difíciles de la vida, seguía gritándome que la belleza era real y poderosa, que confiara, que siguiera adelante. Me gusta pensar en la cultura como un tapiz de gratitudes entretejidas. Y, al escribir sobre nuestra intimidad y verterla hacia fuera, nos incorporamos a esa misma corriente de don y agradecimiento.
—El libro contiene palabras y frases en latín y remite a veces a la Historia antigua, ¿influye en su poesía su familiaridad con el derecho romano?
—Puede sonar extraño, pero influye muchísimo. Los poetas y los juristas compartimos la búsqueda de la palabra exacta. Si no das con ella, se te viene abajo el poema o la argumentación jurídica. Cada pequeño matiz cuenta. Mi vertiente de romanista y la de poeta se han alimentado mutuamente. Al estudiar los textos antiguos, tengo que prestar mucha atención a todas las posibilidades de interpretación, a la relación con otros textos, a la contextualización histórica… Todo eso va modelando una capacidad de atención a las palabras que luego se vierte naturalmente en mi poesía. Por otra parte, es tal la riqueza del derecho romano, su racionalidad, su frescura, su precisión técnica en la búsqueda de lo justo, que es difícil no encontrar en él inspiración. Si sabes mirarla bien, cualquier cosa puede ser materia poética, así que es inevitable que en mis poemas se cuelen muchas ideas, frases y anécdotas provenientes del derecho romano, que es con lo que trabajo cada día. En Ereignis aparece, por ejemplo, el testamento imaginario de un capitán de trirreme que figura en un texto del Digesto. Este hombre llamó a su hijo “Seyo Océano”. A mí me pareció un nombre tan hermoso (como si ese padre hubiera querido darle en su nombre a su hijo todo el mar) que escribí un poema sobre esto.
—Al mismo tiempo, hay en otros poemas una veta lúdica o experimental que recuerda a la tradición vanguardista.
—En parte tiene que ver con mi lado infantil, con una necesidad de jugar que nunca me ha abandonado del todo. Siempre me ha parecido que el que juega está un poco fuera del tiempo… Por eso habitualmente los niños lo hacen y los adultos, tan preocupados por “aprovechar” la vida, lo olvidamos. Jugar es atreverse a desentenderse de la muerte. A mí me encanta jugar con las palabras. También tiene que ver con que a veces siento que, sencillamente, es la forma más adecuada de plasmar lo que quiero expresar si me parece que lo requiere. No hay en mí un deseo de buscar la originalidad por ella misma. De hecho, creo que cada vez me interesa menos la innovación como programa… O, mejor dicho, creo que la mejor forma de ser innovador es la autenticidad, la individualidad. El poema que contiene en sí una verdad, que es auténtico, es siempre innovador. El arte busca formas nuevas para expresar algo, pero no hay novedad más radical que la del hijo, que la del individuo irrepetible que cada uno somos. Por eso me parece que la poesía tiene mucho de búsqueda y de fidelidad a nuestro verdadero ser.
—También en este nuevo libro hay bastantes poemas muy breves, una modalidad que como señaló el crítico Juan Marqués es habitual en su obra.
—Uno de esos brevísimos poemas dice “¿Una poética? / Más bien la multiplicidad del mundo”. Creo que explica bien por qué hay poemas muy cortos y otros muy largos en mi libro. Pero es cierto que tengo una querencia particular por los muy breves. Me parece que, a mayor brevedad, mayor número de posibilidades de interpretación: un hogar más hospitalario para el misterio.
la autora
Carmen Palomo Pinel (Madrid, 1980) es profesora de Derecho Romano en la Universidad San Pablo-CEU. Compagina su labor investigadora y docente con la escritura poética. Como poeta es autora de los libros Glosas al fuego (2016, I Premio Internacional de Poesía Francisco de Aldana), Las costuras del hambre (2019, II Premio Esdrújula), Un silencio habitado (2021, accésit VIII Premio Internacional de Poesía Pilar Fernández Labrador), DIDO (2021, XXXII Premio Nacional de poesía José Hierro), Madre de cenizas (2022, I Premio Gravitaciones), En tu espalda el desierto (2023, XLI Premio Leonor de Poesía), Ser mirada (2024, Premio Ciutat de València – Juan Gil-Albert) y Ramas de mirto en la ciudad eterna (2024, accésit Premio Jaime Gil de Biedma; Premio Ciudad de Churriana y de la Crítica de Madrid 2025). Muestras de su obra aparecen recogidas en diversas revistas y antologías.

VANDALIA
Ereignis
Carmen Palomo Pinel
Distribución: 18/02/2026
EAN: 9788419132796
Código: 0010385391
13 x 21,5 cm / 176 pp
RÚSTICA CON SOLAPAS