Con su brillante estreno en la novela, Diego Vaya ha ganado el XLV Premio Felipe Trigo

Al final de las voces se sitúa en un territorio híbrido entre la novela negra, la histórica y la psicológica, con momentos de terror.

Fragmentaria y polifónica, la novela indaga en los secretos enterrados y sugiere la imposibilidad de una verdad completa.

De modo indirecto, el narrador invita a reflexionar sobre la memoria histórica y la transmisión intergeneracional del silencio.

Al final de las voces

Al final de las voces

XLV Premio de Novela Felipe Trigo

Articulada en torno a la desaparición de Claudia Nuba, una joven estudiante de periodismo en la España de los años setenta, y a la investigación que estaba llevando a cabo sobre la muerte de su tío Lorenzo, Al final de las voces combina distintos planos narrativos: el presente de la investigación, los documentos y expedientes que esta genera y la reconstrucción del pasado familiar durante la Guerra Civil y la posguerra. A través de una estructura fragmentaria y polifónica, que dosifica la información sin ofrecer explicaciones cerradas o definitivas, la novela alterna capítulos centrados en Claudia con otros dedicados a la figura de Lorenzo, cuya trayectoria –entre 1936 y 1972– está marcada por la violencia y atraviesa distintos escenarios históricos. Entre ambas líneas se insertan las anotaciones de un investigador privado que trata de esclarecer la desaparición de Claudia. Si Claudia es la mediadora entre el pasado y el presente, quedando expuesta por su indagación al conocimiento de hechos perturbadores, Lorenzo concentra el peso de un relato que describe una vida llena de episodios oscuros –también durante la Segunda Guerra Mundial– y su progresivo descenso a la locura. Diego Vaya conduce una trama que abunda en atmósferas opresivas, donde la mina heredada, eje simbólico del libro, representa un espacio vinculado al trabajo y a la promesa de riqueza, pero también aquello que queda enterrado –cuerpos, secretos, culpas– y la imposibilidad de acceder a una verdad completa.

Entrevista con el autor

Algo que me preocupaba mientras escribía esta obra era que pudiera verse como una novela escrita por un poeta. Uno de los riesgos de escribir poesía es que, a la hora de dar el salto a la narración, prime el factor estilístico en lugar de la narración en sí. Y, en ese sentido, he intentado separarme del estilo que empleo al escribir un poema. No quiere decir que haya abandonado la preocupación por la forma, sino que escribir una narración exige centrarse en la trama, los personajes… La intensidad que tiene verso a verso un poema, que es por lo común un texto breve, no puede reproducirse en una novela, salvo en momentos puntuales, muy dosificados.

Uno de los temas recurrentes en la novela es el de las obsesiones. Los personajes no sienten pasiones, sino obsesiones destructivas. Casi todos los personajes tienen alguna obsesión: Lorenzo, la mina; Claudia, conocer la verdad; Gabriela, saber el futuro… Incluso los personajes secundarios se ven arrastrados por alguna obsesión, como Juliana con el dinero, Bocanegra con el alcohol, Roberto con las movilizaciones estudiantiles. En algunas ocasiones se muestra cómo las obsesiones no tienen límites, como cuando se insinúa que Aranda, con tal de defender lo que tiene, está dispuesto a matar a Lorenzo: la continuación de los negocios puede ser el crimen.

Centrándonos en el personaje de Claudia, además de estar obsesionada con la muerte de su tío, tiene fijación con la película Rebeca: cree parecerse a la actriz Joan Fontaine, le pide a su tía que le teja una prenda como la de este personaje, se le viene a la cabeza el inicio de la película al estar delante de la casa de su tío… Incluso llega a pensar que lo que está viviendo es una película protagonizada por ella. (El personaje cree ser un personaje, pero no el que es en realidad).

Otro tema, muy relacionado con este, es el de la incomunicación. A veces los personajes son incapaces de entender al otro. Roberto no comprende a Claudia cuando ella trata de explicarle en qué está metida y por qué se siente angustiada. En la recta final de su vida, Lorenzo es un ser marginal, encerrado en sí mismo. Y en el capítulo donde se transcriben las grabaciones de Claudia, en lugar de ser entrevistas, como ella pensaba, todos los testimonios son monólogos, donde esos personajes hablan de algo relacionado con Lorenzo pero a la vez sobre sí mismos, como si necesitasen que alguien los escuchara.

La violencia recorre toda la novela: desde la vida de Lorenzo, con la Guerra Civil, el asesinato de los falangistas, la Segunda Guerra Mundial, hasta el asesinato de varias personas, incluida la propia Claudia. También se habla de la violencia contra las mujeres: como lo que se da a entender en la escena en el prostíbulo, o la compra de Antonia, la gitana, a la que desprecia Lorenzo, pero de la que se aprovecha Miguel. Por supuesto hay más temas, y quizás uno de ellos sea el verdadero motor de toda la trama: el rencor, el deseo de vengarse.

En la novela hay una hibridación entre la novela negra, la histórica, la narración psicológica, y también al final está presente la novela de terror. Con esta mezcla de subgéneros he intentado reflejar la complejidad misma de la realidad, sus múltiples caras. La premisa de la novela es una investigación, pero la obsesión de Claudia por la muerte de su tío o la vida de este debían ser lo suficientemente complejas para que fueran verosímiles. Las fechas elegidas, entre 1936 y 1972, me sirven para explorar la idea de que no importa una época u otra, porque siempre están presentes la aniquilación de la verdad, las obsesiones, la incomunicación, los deseos, el amor, el odio, la venganza.

Los saltos en el tiempo, la pluralidad de voces y la diversidad de escenarios responden a una voluntad de reconstrucción fragmentaria. No quería presentar una novela con una trama lineal, sino una estructura que intentase implicar al lector. Esa alternancia busca generar ritmo en la narración e ir dosificando la información, pero también reproducir la propia naturaleza de la memoria, de la investigación y de la vida: discontinua, parcial, a veces contradictoria, siempre sometida a distintos puntos de vista. Las distintas voces narrativas van dando perspectivas distintas sobre la trama.

Con el recurso a la transcripción de documentos quería introducir una dimensión casi arqueológica en la narración. A través de ellos deseaba mostrar no sólo los avances de dos investigaciones en paralelo, la de Claudia y la del investigador privado, sino también sus límites: lo que queda fuera, lo que no puede interpretarse del todo, lo que se resiste a ser fijado en un relato definitivo. En ese sentido, los documentos no aportan certezas, sino nuevas zonas de sombra, dudas, especulaciones, pistas falsas.

El capítulo del libro en el que se transcriben las grabaciones que ha ido haciendo Claudia no solo funciona para aclarar algunas cuestiones fundamentales de la trama, sino también para que confluyan las distintas perspectivas, la trama contada por los propios personajes.

Los espacios cerrados funcionan como prolongaciones del estado psicológico de los personajes, pero también como lugares de condensación simbólica. La casa de Lorenzo, con toda su desolación, o la mina, no son solo escenarios, sino ámbitos donde se acumulan el tiempo, la memoria y la violencia.

Son espacios que oprimen, que deforman la percepción y que reflejan el aislamiento interior de quienes los habitan. Los personajes se ven asfixiados por la realidad, por sus circunstancias, y no encuentran una salida. La mina es el gran símbolo de la imposibilidad de conocer la verdad: allí acaba Luis, sin que su padre sepa qué ha pasado con él, y Claudia, de cuyo paradero nadie sabe.

La novela avanza, sobre todo en su recta final, hacia el subgénero del terror. Pero no queda claro si lo que sucede es real o no. Claudia, en un determinado momento, cree oír una voz que no reconoce llamándola y repitiéndole que corra. Esto sucede al menos en dos ocasiones: en su casa, de noche, y en el autobús que la lleva al pueblo de Trinidad. Pero no es más que el anticipo de lo que sucederá cuando esté atrapada en la mina… Sin embargo, el lector no tiene claro si esa voz que oye está en su cabeza, si está perdiendo la razón como su tía Gabriela, que está convencida de que puede ver el futuro, si acaso es ella misma diciéndose que abandone todo aquello, o si esa voz es real y la acompaña hasta su final.

Otro tanto sucede en una de las escenas finales de la novela, en la que se insinúa que una sombra surgida del fondo de la mina (tal vez Luis) la detiene antes de que pueda salir: ¿Es ella misma quien se imagina todo eso por la falta de oxígeno, por la imposibilidad de asumir lo que le está sucediendo?

La novela plantea un tema que me obsesiona: la imposibilidad de conocer la verdad. Gran parte de lo que el lector va descubriendo lo ignoran los personajes, que tienen una visión muy parcelada de lo que está sucediendo. Ninguno sabe la verdad. Esto me ha permitido crear espacios ambiguos. Lorenzo es un claro ejemplo de esto: salva a su familia primero, cargando con tres muertes, luego le perdona la vida a un niño en la Guerra Civil, que será el detonante de su muerte; más tarde salva a su hermano, lo que lo llevará a Rusia y a perder al amor de vida, Trinidad… Y todo para acabar alcoholizado y asediado por todos: repudiado por su familia, por su barrio, por aquellos a los que él ha ayudado a hacerse rico… Y por supuesto por un niño que no sabe qué pasó. Como le dice Gabriela a Claudia, buscar la verdad, a veces, en lugar de liberar nos destruye.

El final de la novela no es concluyente o cerrado a la manera tradicional, pero al plantear que la vida de Silvio ya no tiene sentido sin su obsesión por vengarse, me sirve para exponer un tema para mí fundamental: la necesidad que tenemos que darle un sentido a nuestra existencia. De ahí que los personajes se entreguen a sus obsesiones con tal de esquivar un día vacío. 

el autor

Diego Vaya (Sevilla, 1980) es profesor de Lengua Castellana y Literatura. Ha publicado, entre otros, los libros de poemas Streaming (2022, Premio Ciudad de Badajoz), Pulso solar (2021, accésit del Premio Jaime Gil de Biedma y Premio Andalucía de la Crítica), Game Over (2015, Premio Vicente Núñez) y El libro del viento (2008, accésit del Premio Adonáis). Es también autor del libro de relatos Arde hasta el fin, Babel (2018) y de la novela corta Medea en los infiernos (2013, Premio Universidad de Sevilla). Con su primera novela, Al final de las voces, ha ganado el Premio Felipe Trigo.

XLV PREMIO DE NOVELA FELIPE TRIGO
Al final de las voces
Diego Vaya
Distribución: 15/04/2026
EAN: 9788419132826
Código: 0010396663
15 x 23 cm / 248 pp
PVP: 17,31 / 18 euros
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