El Hospital de la Piedra recrea el último tercio del siglo XV, acercando al lector a sus gentes, sus paisajes y sus costumbres.
El contexto histórico de la sociedad tardomedieval aparece descrito
con rigor documental y atención a los pequeños detalles.
Recorren la narración personajes de carne y hueso, hombres y
mujeres que sienten y respiran en un entorno violento.con rigor documental y atención a los pequeños detalles.

‘El hospital de la Piedra’
Gregorio G. Olmos
Finalista XLV Premio de Novela Felipe Trigo
En la víspera de la Magdalena del año de 1467, la ciudad de Toledo se halla envuelta en una cruenta guerra por causa de las disputas que se traen los conversos y los cristianos lindos, encabezados por las familias principales de los Silva y los Ayala. Son tiempos difíciles en los que el reino de Castilla se encuentra sumido en el caos y el desgobierno. En esos días, un niño de apenas cinco años, Johan García de Laso, heredero de una próspera familia de mercaderes conversos, presencia un terrible crimen que le empuja, irremediablemente, a abandonar su ciudad de nacimiento. Años más tarde, huérfano y maltratado, pero dispuesto a recuperar sus raíces, regresará a Toledo y entrará en contacto con El Hospital de la Piedra, una institución benéfica dedicada a la protección de los niños expósitos y gobernada por el padre Santiago Romasanta, un sacerdote alejado de la ortodoxia cristiana que vendrá a marcar, para siempre, el devenir de su existencia. El Hospital de la Piedra o Historia de un converso toledano es un espejo del último tercio del siglo XV, en el que Gregorio G. Olmos, usando de un lenguaje sencillo, sin artificios innecesarios, pretende acercar al lector, lo más fielmente posible, a sus gentes, sus paisajes y sus costumbres. Y es, sobre todo, una historia de personajes de carne y hueso, de hombres y mujeres que sienten, que respiran, que tuvieron que vivir sus vidas en un entorno hostil y violento.
Entrevista con el autor
—Ya ganó este mismo premio con su novela Yucé, el sefardí, que tiene algunos aspectos en común con El Hospital de la Piedra
Las dos novelas, en efecto, abarcan el mismo periodo histórico, narran la vida social de Castilla y, ambas, en sus comienzos tienen como protagonistas a dos niños. La gran diferencia estriba en el concepto del entorno, del mundo que les rodea. La primera, Yucé, nos ofrece una visión cargada de restricciones, de límites, de rechazo social, en definitiva, de supervivencia: el mundo judío; en El Hospital de la Piedra, la vida de su protagonista, Johan, si bien cuenta con un pasado mosaico, se relata desde un punto de vista cristiano, en apariencia más amable, pero igualmente severo y estricto, sin deslices para no incurrir en delitos de herejía.
—De esa novela anterior, su prologuista, José Jiménez Lozano, que fuera Premio Cervantes, afirmó que estaba escrita –también lo vemos en esta– “con amor hacia lo que se cuenta”.
Tuve el honor y la fortuna de entregar personalmente el manuscrito de Yucé, el sefardía don José Jiménez Lozano, y, tras leerlo, además de muchas sugerencias y buenos consejos, entre tazas de café me aseguró que lo más valioso de mi novela era que estaba contada con amor. Le pregunte qué quería decirme con aquello y su respuesta fue, como era él, sencilla y clarificadora: ha conseguido usted transmitir al lector los verdaderos sentimientos de los personajes considerando la época que vivieron. Confío en haber logrado este propósito con El Hospital de la Piedra. Lamentablemente, don José, a quien he dedicado esta novela, ya no está entre nosotros para darme sus consejos.
—¿De dónde le viene el interés por la novela histórica, su gusto por narrar lo que el maestro abulense llamaba “aquel vivir de antaño”?
Mi interés no es otro que instruir, traer a la memoria nuestro pasado, pues, como diría don José, es res nostra y nos concierne, con la mayor fidelidad posible. Una novela, a diferencia de un ensayo o de una tesis, es más sencilla de leer y comprender, más asequible al lector, ya que cuenta con el privilegio de ciertas licencias literarias, que son muy provechosas, siempre y cuando no se utilicen para falsear la realidad. Algunos autores de novelas históricas están empeñados en mezclar realidades con artificios insostenibles, para acomodarlas a sus propias creencias o al pensamiento de los tiempos presentes, olvidando que la historia son hechos que, siempre que tengamos datos objetivos, deben ser contados tal y como acontecieron. Si no te gustan esos hechos, si no son de tu agrado, no los tuerzas, no los inventes. Después de todo, son nuestro legado.
—¿Sigue siendo la compleja historia de los conversos españoles un capítulo pendiente de reivindicación?
Es crucial distinguir a aquellos judíos que se convirtieron al cristianismo por convicción o por el interés de medrar, de aquellos que, muy a su pesar, fueron obligados a renunciar a las costumbres de sus antepasados. Los cristianos de la Edad Media no hacían distingos y a todos les decían marranos, cristianos nuevos, herejes o tornadizos. Los judíos, por el contrario, diferenciaban entre los masumad y los anús o anuzim. A los primeros los despreciaban, ya que se cristianizaban con el propósito de obtener logros.
Por los segundos, sin embargo, forzados a convertirse, sentían cierta piedad. Una vez aclarado este punto, quiero manifestar que, por principio, no creo en las deudas históricas. A mi entender, forman parte de intereses políticos, que no me ocupan en absoluto. Si nos paramos a pensar, independientemente del revisionismo histórico tan en boga en estos tiempos, reclamar deudas del pasado responde a un principio netamente inquisitorial, que perseguía y condenaba las herejías de los antepasados hasta tres generaciones. ¿Acaso queremos recuperar los principios de la Santa Inquisición, que obligaban a los hijos y a los nietos, entre otras muchas penas y privaciones, a desenterrar los huesos de sus abuelos condenados por supuestos herejes para lanzarlos a la hoguera?
—Se sirve de un lenguaje sencillo, pero a la vez muy preciso y ajustado a los usos de la época, ¿cómo ha sido el proceso de documentación?
Como cualquier novela de carácter histórico, que pretenda mantener un mínimo rigor, la documentación es la principal labor. Ensayos, tesis doctorales, libros de historia, proporcionan una información muy valiosa, indispensable para el periodo histórico que se pretende narrar. Luego está la tarea de cribar, de ordenar lo recopilado y, sobre todo, de discernir. Es esencial conocer cómo vestían, cómo se aseaban, qué alimentos consumían, cómo se mercadeaba, qué monedas circulaban, qué oficios desempeñaban, cómo se instruía, cómo se viajaba, qué leyes regían, qué normas de convivencia imperaban, cuáles eran sus temores, sus alegrías. Solo adentrándonos en los usos y en las costumbres, en la realidad social, se puede escribir una novela con cierto rigor histórico. En cuanto a las fuentes del lenguaje, a los usos y expresiones, los he recogido, principalmente, de los cronistas y de documentos y colecciones propios de la época.
—Entre los personajes, muy bien caracterizados, destaca la poderosa figura del padre Romasanta, ¿se ha inspirado en un modelo real?
Desde un punto de vista físico, corporal, el padre Romasanta es un personaje de ficción, que atesora las virtudes que, a mi juicio, debe tener todo ser humano, independientemente de la época que le toque vivir. Pero, desde un enfoque espiritual, es un personaje inspirado, en parte, en don Pedro Martínez de Osma, que impartió cátedra de Prima en la Universidad de Salamanca. Este humanista, doctor en teología, perseguido y encarcelado por la Santa Inquisición por algunas de sus doctrinas tachadas de heréticas, dudaba de la concesión de las indulgencias o afirmaba que el sacramento de la confesión servía para reconciliar a los hombres con la Iglesia y no para perdonar los pecados, pues esa potestad solo le correspondía a Dios
—Sobrecoge la historia de los niños expósitos, desamparados en un entorno de cruda violencia. ¿Existió la institución dedicada a protegerlos?
En el Toledo del siglo XV existieron diferentes hospitales para acogimiento de leprosos, tiñosos o enfermos incurables, y proliferaron los llamados hospitalitos que, a iniciativa de cofradías o particulares, procuraban alimento y ropa a los más necesitados; pero, hasta donde yo conozco, y con la excepción de los recién nacidos abandonados, los llamados niños de la piedra, de los que se ocupaba inicialmente la catedral de Santa María, no existió una institución dedicada a los huérfanos. Precisamente, El Hospital de la Piedra narra, permitiéndome cierta licencia creativa y sin apartarme de la realidad histórica, la fundación de esa primera institución, ya finalizando el siglo XV, gracias a la munificencia de cierto cardenal.
—El último tercio del siglo XV señala la transición al Renacimiento, que sería un periodo de esplendor para la ciudad imperial de Toledo.
Ese esplendor será para toda España, principalmente para las grandes ciudades como Sevilla, Segovia, Toledo, Valladolid o Medina del Campo. Pero no tanto por la corriente humanista o por las influencias llegadas fundamentalmente de Italia, como por los grandes logros que se produjeron durante los años del reinado de los Reyes Católicos. Gracias a ellos, tanto en Castilla como en Aragón, se impuso un orden hasta entonces desconocido, que vino a rematar en el año de 1492, con la unión religiosa y territorial, con tres acontecimientos cruciales en la historia de España: la conquista de Granada, la expulsión de los judíos y el descubrimiento de América.
el autor
Gregorio G. Olmos (Cuéllar, Segovia, 1967) estudió Derecho en Valladolid y reside desde hace
años en Zamora. Rigurosamente documentada,
su literatura nace del interés por acercar la historia social de la Edad Media, particularmente de
Castilla, a través del léxico, las costumbres ancestrales y los detalles cotidianos de nuestro pasado, en impecables recreaciones que combinan
fabulación y memoria. Es autor de las novelas
Yucé, el sefardí (2015, XXXIV Premio Felipe
Trigo), publicada con un prólogo del maestro
José Jiménez Lozano, y El Hospital de la Piedra.
Historia de un converso toledano (2026, finalista
del XLV Premio Felipe Trigo).

FINALISTA XLV PREMIO DE NOVELA FELIPE TRIGO
El Hospital de la Piedra
Gregorio G. Olmos
Distribución: 15/04/2026
EAN: 9788419132833
Código: 0010396664
15 x 23 cm / 240 pp
PVP: 17,31 / 18 euros
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